PENETRAICIÓN DE LA INVAGINACIÓN
::MI HISTORIA::


miércoles, septiembre 13, 2006

ALGUIEN EN ALGUNA PARTE DEL MUNDO VIVE LO QUE TÚ ESTÁS SINTIENDO


sábado, diciembre 17, 2005

Un Hombre Solo


El lunes 12 parecía no tener nada de particular. Por la mañana vía messenger interrumpiste una conversación con un amigo muy querido, para pedirme que por favor luego te llame al celular para acordar una probable cita horas más tarde. Y bien sabes que nunca he podido decirte que no cuando de verte se trata.

Cuando horas más tarde llegué a tu casa, no podía sentirme más dichoso. Ingresé por la puerta principal, como pocas veces lo he hecho. Y tú, con una sonrisa de oreja a oreja, feliz por verme y cumplir contigo una vez más. Ya dentro, con la puerta cerrada me diste ese tierno abrazo de costumbre que sólo tú sabes darme. Y eso me reconfortó muchísimo, no sé si puedes imaginar de qué modo, pero no dudo que lo intuirás.

Allí estabas, en la sala y en medio de una vorágine de chucherías propias de estas pascuas de fin de año, pero dispuesto a continuar en tu labor de seguir adornando tu no tan pequeño árbol de navidad y sorprender una vez más a la familia con tu esforzada labor. Y mientras colocabas uno a uno los adornos que debían de colgar en sus ramas, yo te observaba algo lejos y muy atentamente... desnudándote interiormente y deseando una vez más tu cuerpo, querer asirlo contra el mío y abrazarte deliciosamente por detrás, sentir tu blanca piel junto a la mía, perderme en la ruta exquisita que separa tu nívea nuca de tus cabellos y embriagarme con tu aroma, curiosa mezcla de nicotina y colonia for men.

Mientras me embelesaba en tu encantadora figura, en tu rala cabellera, en tus velludos brazos, tu esponjoso torso, tu voluptuoso trasero y tu cándida voz, noté que con algo de pesar tratabas de contarme lo no tan bien que te fue éste último fin de semana. Hasta me dieron ganas de decirte que a mí tampoco me fue tan bien estos últimos días, pero no me pareció nada prudente comentarte acerca del primer y último amante que he tenido hasta la fecha y que no hace mucho prefirió decirme adiós. Ese mismo hombre al que alguna vez le hablé de ti, de cuánto perturbabas mi espíritu y mi corazón cada vez que yo te recordaba y que quizás muy sabiamente me recomendó como bendita solución a todos mis males esperar el momento oportuno e impulsivamente robar un furtivo beso a tus castos labios.

Pero una vez más guardé silencio para escuchar tus pesares, como siempre lo hago, mirando fijamente tus ojos y dejando que ellos orbiten en la nada mientras evocan cada unas de las imágenes que tanto perturban tu corazón cuando éste se siente herido. Sin embargo en ese momento preferiste callar y optaste por que mejor salgamos a caminar por esos lugares tan lindos que disfrutas recorrer, antaño solitario y hoy de cuando en cuando bajo mi humilde compañía. Apuraste lo más que pudiste de terminar con los adornos de tu árbol navideño, tomaste una chompa para el frío, pues sabes muy bien que por Miraflores y sus alrededores corre mucho viento horas más tarde y raudamente salimos en dirección al destino de siempre.

Cuando llegamos al San Isidro más despejado y acogedor, decidiste entonces que lo recorriésemos a pie, mientras buscabas desesperadamente algún vendedor callejero que calme tus ansias del bendito e infaltable cigarrillo que hasta el día de hoy no te atreves a abandonar. Yo me encontraba feliz de que nuevamente tú y yo estuviésemos juntos, así fuera sólo para caminar sin decirnos absolutamente nada nuevo. Total, qué más podríamos decirnos ya. Creo que lo más sabio que pudo ocurrírseme en estos días fue decirte que a estas alturas, luego de tantas adversidades, discusiones, peleas y reconciliaciones, sería absurdo que algo nos separase nuevamente. Y la verdad, no quiero volver a enojarme contigo, pues sé que la mayoría de veces en que nos mantenemos alejados es por la irremediable razón de siempre. Ya sea por una u otra, vives siempre al pendiente de que alguna muchacha se fije en ti y acepte estar contigo. Así yo te haya hecho ver también y en dos oportunidades, que siento algo muy especial por ti. Te lo dije unos meses atrás por messenger y ahora, hace un par de semanas, en persona. Muy torpemente eso sí, pero de verdad, en ese momento no podía ocultar nuevamente mis sentimientos. Y cuando te lo dije, lo tomaste tan a la ligera, cual broma ridícula, mientras yo no sabía qué hacer o decir para que lo entiendas. ¿Acaso es tan difícil comprender mis sentimientos? Tu inmadurez hizo que bromearas sobre la situación y minutos después, muy seriamente me tendiste la mano para despedirte silenciosamente, con evidente intención de no volver a buscarme nunca más.

De todas nuestras separaciones, créeme que ésa es de la que más orgulloso me siento, ya que fue la más corta, apenas con unas horas de duración, pues a la mañana siguiente te escribí un correo contándote que no quería perderte, que eras lo mejor que me había ocurrido en la vida hasta este momento y que estaba dispuesto a dar vuelta a la página con este maldito asunto y no volver a mencionarlo nunca más. Consentiste en que así fuera y esa misma tarde nos volvimos a ver en El Olivar, tomándonos unas preciosas instantáneas como testimonio de lo gratificante que fue volver a aceptar las cosas como siempre fueron, así no me dejes escapar del papel de tu eterno confidente, del que siempre tiene una palabra de aliento especialmente formulada para regocijo de tu corazón.

Pues bien, volviendo a nuestra cita de aquel lunes, oscurecía mientras tú y yo caminábamos por las apartadas calles sanisidrinas, al mismo tiempo que poco o nada querías adelantarme sobre lo que te había ocurrido. La verdad, no me encontraba tan interesado en saberlo, pues sabía muy bien de qué se trataba. Además no era tan difícil imaginar, por lo que me has contado hasta la fecha, que todo giraba en torno a la tipa ésa, de la que tanto me hablas últimamente y que más de un desaire gratuito te ha hecho. Pero tú, empecinado con la idea, sigues al pendiente de lo que ella hace o dice, guardando celosamente la tierna esperanza de que aún sienta algo de interés por ti.

No soy el indicado para decírtelo. Es más, no sé por qué me consultas estas cosas si imaginarás muy bien lo que pienso al respecto pero... la única vez que vi a tu amiga aquella fatídica noche que arruinó nuestro Matsuri, no me pareció nada simpática. O quizás lo más importante, no me pareció la más adecuada para ti. Y muy al margen de que ella se fije o no en ti de una buena vez, pero por lo que me has contado hasta el momento, francamente no termino de comprender por qué te empecinas tanto en que ella te acepte. Quizás sea esa misma terquedad la que me impulsa a seguir aquí contigo, a tu lado, pero no... no se puede comparar, la verdad. Yo te seguiría hasta el fin del mundo si quisieras, porque sé, conozco tu corazón y he tenido la suerte de que me compartas tantas inquietudes, dudas, miedos y sueños... Eres verdaderamente alguien tan especial, que estoy seguro de que no soy el primero ni seré el último que piense así sobre ti.

Tus ojos se perdían en el vacío mientras evocabas algunos malos momentos que viviste con ella este último fin de semana. Mientras yo, por otro lado, tenía la esperanza de que callaras, quería que te cansaras de repetirme una vez más tus angustias, o de que a lo mejor recibieras alguna llamada al celular desde tu casa, exigiendo que retornes lo más pronto posible y cortar por fin esta fatal entrevista. Pero no, preferiste callar nuevamente y esperar hasta que lleguemos al final, al lugar de siempre, ese que por una extraña razón te encanta visitar y que tantas veces compartiste conmigo... y alguna vez con ella también.

Llegamos pues, finalmente al Faro miraflorino que tanto adoras, cuando la oscuridad ya se apoderaba del cielo, mientras a nuestro alrededor existían sólo una que otra valiente pareja de enamorados que embestían los enérgicos vientos nocturnos únicamente con unos cálidos, fuertes y envidiables abrazos. Algo lejos de ellos, al pie del Faro mismo, sentados muy cerca el uno del otro, estábamos los dos. Dispuesto tú a confesarme una vez más tu idílico pesar, y codiciando yo que alguno de esos abrazos tiernos que divisaba entre la oscuridad tuvieses a bien de ofrecerme en algún momento, aprovechando nuestra estratégica y clandestina ubicación.

Hasta que por fin, hablaste de lo que tanto te apesadumbraba. Nuevamente la niña esa te había desairado de una manera no tan diplomática que digamos y hasta se atrevió a confesarte que muere por un tipo que está por invitarle a salir uno de estos días. No entiendo Dios, por qué te has de sentir tan afligido por una tipa así. Comprendería tu dolor si verdaderamente se tratase de alguien que valga la pena. Hijo mío, si hasta tú, que tanto la veneras, me has contado cosas no tan santas sobre ella... Es lógico pues que me sea tan incomprensible tu dolor (o sorpresa) acerca de su comportamiento. Dudo pues, que ella busque en un hombre lo que yo he tenido la suerte de encontrar en tu corazón, pero... de qué forma puedo hacerte entender. Obviamente no soy el indicado para decírtelo, a menos claro de que sufras de amnesia selectiva y no recuerdes que alguna vez te confesé mis lacerados sentimientos.

Pero esta tarde mutada ya en noche, me habías citado específicamente para hablarme sobre ello, ese pesar que no es el primero que sientes en la vida, pero del cual te sientes harto, cansado, rabioso. Ese mismo pesar que también me envuelve cada vez que nos encontramos, cuando me sonríes, cuando me abrazas, cuando sueles decirme que me quieres mientras me pierdo en esos traviesos ojillos tuyos... y momentos más tarde me hablas de cosas como éstas, de tipas a las cuales estás dispuesto a ofrecer tu corazón en bandeja de plata -para maldición mía- y que ellas muy estúpidamente rechazan, para desazón tuya.

Te escucho, pero dentro mío deseo callar tus labios con mis manos. No es prudente, no lo entenderías, creo que ni con todo lo que nos ha pasado hasta el momento lo puedes comprender completamente. Sólo siento en la vibración de tu voz, cada vez con más fuerza, tus palabras de desaliento, de impotencia, de profunda congoja mientras, de cuando en cuando veo tus ojos tristes y se me viene a la mente esa vieja canción de Jeanette que no dudo que la imaginaron pensando en muchachos como tú. Preferí entonces guardar silencio, escuchándote, mientras que por momentos, tu voz se quebraba y seguías hablándome sobre tu pesar, de sentirte relegado por la gente, de no sentirte sentimentalmente correspondido alguna vez en la vida. Y de pronto, tus palabras cesaron, dando paso a un llanto contenido momentos antes.

Allí estabas, al pie de tu lugar favorito, con el alma quebrada, reclamando lo injusta que ha sido la vida contigo, no sólo por negarte el amor, sino además por otras tantas experiencias personales no tan gratas que no vienen al caso mencionar aquí, pero que comprendo muy bien lo terribles que han de ser. Cediste al llanto querido amigo, y de verdad que me sentí impotente, sin saber qué hacer o decir. O mejor dicho, me hubiese encantado en ese momento tener a la mano la palabra adecuada para calmar tu dolor. Ironías de la vida que le dicen: reclamabas a la vida, al mundo, a Dios mismo por no tener alguien con quien compartir tu vida, mientras al lado tuyo me encontraba yo, dispuesto a entregarte todo eso y más... pero que lamentablemente no estás dispuesto a aceptar. Más eso no fue impedimento para abrazarte lo más firme y consoladoramente posible, tratando de darte ánimos con una que otra gastada frase, que fue lo único que pudo ocurrírseme en ese momento.

Tus lágrimas me enternecieron. Sé que no eres ningún cobarde, ni mucho menos. Y he de sentirme muy honrado para que hayas cedido al llanto en mi presencia, o lo que es mejor, respaldándote en mí, pues eso significa la gran confianza y cariño que me tienes. Para aquellos (y aquellas) ignorantes que no comprendan el significado absoluto de todo esto, poco me importa la verdad. No existe nada más valioso en la vida que una persona a la cual quieres mucho, te abra su corazón de esta forma y sienta esa plena confianza en ti, esperando quizás unas palabras de aliento para seguir adelante, tal como ocurrió esa noche y que efectivamente, te las hice llegar.

Luego de ese momento muy personal, te sentiste aliviado por descargar todo tu pesar. Me agradeciste el apoyo y una vez más me hiciste saber cuán importante he llegado a ser para ti durante todos estos años que nos conocemos. Sabes muy bien que el sentimiento es recíproco y te lo dije. Lamentablemente el tiempo nos quedó corto, las horas habían pasado volando y cuando te diste cuenta, te sentiste perdido. Tomamos un taxi que nos llevase rápidamente a tu casa y la incomodidad de tener que soportar al taxista como acompañante hizo que no mencionaras palabra alguna mientras nos dirigíamos a nuestro destino de regreso. Apenas podía divisar desde el asiento trasero tu rostro adusto en el espejo retrovisor durante el viaje. Y para cuando llegamos a tu hogar, imploraste que te esperase un par de minutos, cuadras más abajo mientras avisabas de tu llegada a la familia.

Ya no había nada más que esperar en esta noche especial. Me sentí tan cerca de ti horas antes, tan galardonado por confiarme tu vida una vez más. Quizás sea muy estúpido de mi parte seguir pensando así de alguien por quien siento algo más que una simple amistad. Recordé lo que te dije horas antes, que hoy por hoy somos algo más que amigos, pero... no sé si entiendas lo que significa esto. Eres un maldito deleite, una perversa esperanza, un amor pérfido que no sé a fin de cuentas si me hace daño o si sólo se trata de un angustiante preámbulo para lo que se viene en el futuro. Por lo pronto, lo único claro es seguir aquí, ahora, contigo, esperándote tan furtivamente como aquella noche cerca de tu casa, mientras nuevamente tú salías de allí buscando ese sincero abrazo que jamás olvidas de ofrecerme al despedirte y que yo ansío cada día que extraño a mares tu presencia.

Tiempo después, llego a mi casa y luego de cenar, me lanzo a la cama pues el cansancio es fulminante. Horas y horas caminando junto a ti merecen un reparador descanso. Pero antes de entregarme al sueño más profundo, recuerdo una vez más tu deliciosa figura, tu encantadora belleza. Deseo entonces que estés al lado mío, en mi cama, para entregarte esos millones de besos y caricias que desesperan por ser entregados a tu bendito cuerpo. Me excita la idea de poder cumplir mis pretensiones y doy rienda suelta al placer onanístico más infame, mientras este sueño prohibido me carcome los sentidos y se apodera completamente de mí.

Y ya, para cuando todo acaba, mientras la mirada se me pierde en la oscuridad de la habitación, me quedo pensando una vez más si alguna vez tú te has excitado pensando en mí, si alguna vez me has deseado tan lascivamente como yo a ti, o si por lo menos has deseado alguna vez de esta forma a otro mortal. Pienso, recapacito... y hasta el día de hoy no puedo hallar una respuesta completamente satisfactoria. Creo por momentos que no puedes entender un deseo tan febril como el que siento yo por ti, querido Diego. Aún así no me encuentre tan seguro de poder esperarte durante tanto tiempo, pero cada vez me convenzo más de ésta idea. ¿En verdad, habrá que esperarte diez años más para que puedas comprenderme?

God only knows...

8 Comments:

Imoq said...

No tienes idea de cómo disfruto de tus relatos, realmente me sumerjo en ellos y gracias a tus vívidas descripciones y narraciones puedo casi sentir lo que has sentido tú en ese momento. Al final siempre termino con un escalofrío en el cuerpo, anhelando que no haya terminado aún la historia.

Un abrazo para ti; sigue escribiendo, por favor, tienes mucho futuro.

diciembre 19, 2005 8:58 PM
Isabella said...

Mucha suerte mi querido Mauricio, aùn queda tiempo ya sea para el disfrute o para la recuperación.

Un gran abrazo y Feliz Navidad!

diciembre 21, 2005 4:20 PM
Capitán Harlock said...

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Ay... no sé cómo decirte lo que tú ya sabes... Lo siento, pero entre tus líneas se transluce una y otra vez que tu relación con Diego no podrá ser de pareja. Sé lo que estás pasando, pues hace tiempo me pasó algo muy parecido.

Siendo un desconocido para ti, lo único que me atrevo a aconsejarte es que cuides tu amistad: aliméntala, pero no la vicies, pues siempre será mucho mejor ser amigo de Diego que no ser absolutamente nada para él.

Un beso y ¡Feliz navidad!

diciembre 25, 2005 2:45 PM
SERGINHO said...

EY vengo de paso por aqui a dejar un saludo lleno de buenas vibras.. los mejores deseos para ti y los tuyos y que este 2006 sea mucho mejor que el año que ya termina.

Un abrazo¡¡

diciembre 31, 2005 11:45 AM


Posted by nohequ :: 8:32 p. m. :: 3 COMENTARIOS:

escribeme algo... anda di que si

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